“Acid” es la clave para entender muchas cosas. Con este álbum cambió para siempre la música de uno de los mejores percusionistas de todos los tiempos, pero sobre todo cambió la concepción del jazz, de la música latina y de su forma de ser entendidos en el Spanish Harlem de Nueva York, que a su vez era la principal puerta de apertura al mundo para estos géneros. Y es que con la introducción de la psicodelia, el boogaloo de Barretto se tornó difuso, maravillosamente difuso, ampliando para siempre su rango de acción y sus posibilidades artísticas. Posiblemente para algunos esta repercusión pueda parecer exagerada, y en parte tienen razón, pues todavía estamos esperando a que alguien lo supere. ¿Fue tan solo un punto de no retorno, cualitativamente hablando? Probablemente sí. Pero Barretto no alcanzó cotas tan altas él solo. Ciertamente estaban todos los que tenían que estar para la eclosión de un hito como éste. Uno era Pete Bonet, figura importante de dos de las formaciones que a las que más he recurrido en la búsqueda incansable, aunque poco fructífera, por encontrar otro disco a la altura de “Acid”. Hablo, por supuesto, de Joe Cuba Sextet y la orquesta de Tito Puente. Por otro lado, la producción fue a cargo de Harvey Averne, quién firmó por su cuenta otro de los trabajos que fueron capaces de hacerle sombra.

Debe entenderse este disco como un experimento capaz de hacer del ritmo más desatado el hilo conductor para moverse por los caminos de una fusión sin complejos. Una amalgama de sudor y percusión que mostró que el rock no tenía la patente de los sonidos lisérgicos y que el jazz era en realidad un género de fácil importación, algo que pasó exactamente en la misma medida con el soul. Hasta tal punto los pervirtieron y los respetaron que los hicieron géneros hermanos para siempre. Con todo, “Acid” suena al fruto de un arrebato, como si los músicos hubieran grabado el disco de golpe y porrazo presos de un estado de trance enérgico. De principio a fin se van sucediendo los temas como si de un huracán se tratase, del tirón llegan “Mercy, Mercy, Baby” (uno de los temas que más veces habré escuchado en mi vida, y no me cansa), “Acid” (el título la define en parte), “A Deeper Shade of Soul” (¿tengo que explicarlo? Sí, aquí convergen el soul de Atlantic y el latin como si ya hubieran nacido de la mano), “The Soul Drummers”, puro boogaloo en clave soul, “Sola Te dejaré”, la salsa y el guaguancó, y “Teacher of Love”, sazonada con un poquito de cada casa y una presentación final hipnótica.