La cumbre creativa de Ovidi Montllor coincidió con el final de su carrera musical. No fue buscado, “4-02-42” fue su último álbum porque no se le permitió publicar más. Huérfano de discográfica, Ovidi nos dejó su obra definitiva a falta de lo podía haber venido después. A sus 38 años Ovidi se mostraba con plena madurez y desplegaba un perfecto dominio de la lírica, una capacidad innata para las artes interpretativas, dosis enormes de sarcasmo y mala baba y una perspectiva músico-teatral única. Con todos estos atributos el disco va de la ironía a la cotidianidad, de la rebelión a la resignación y de la resignación al enfado. No es de extrañar entonces que el álbum acabe con “Baralla de la vida i jo”, una bofetada desesperada al aire, probablemente el tema más impactante de toda su discografía.

Ovidi escupe versos sobre un fondo oscuro, fúnebre y tenebroso recreado por la guitarra de Toti Soler y con Conrad Setó al piano, éste será el sonido del Mediterráneo cuando el Mediterráneo tenga las aguas llenas de petróleo y no quede costa por construir. El tema es devastador, con tintes proféticos que perturban desde los primeros acordes, incluida esa introducción de coros extraños y desconcertantes que dejan al oyente descolocado. A partir de aquí, la guitarra de Toti Soler va por libre, el piano también se desliza como si tuviera vida propia, coincidiendo ambos tan solo en los crescendos, se guían por las variaciones vocales a las que les somete el cantante. Ovidi fuera de sí, desatado, furioso y cansado, entona, grita e interpreta según le place. No es un monólogo, es un diálogo a una sola voz, una conversación en su mente, la locura del que está cansado de luchar contra aquello a lo que no se puede ganar. Aquí acababa su música, y el final no podía ser más adecuado.