Por fin un caso de justicia poética, que también los hay. Desde el punto de vista occidental, a Ebo Taylor se le ignoró a pesar de ser la madre del afrobeat, ni más ni menos. Sobra decir quién es el padre. En efecto, fueron Ebo Taylor y Fela Kuti quienes engendraron el género, según él, en la Inglaterra de mediados de los 60. Su popularidad no solo en Ghana sino en gran parte de África a lo largo de la década de los 60 y los 70 no le bastó para obtener un reconocimiento internacional hasta casi una vida después. Cuando llegó el momento propicio, es decir, con el auge del interés en occidente por el afrobeat, irrumpió “Love and Death” como si de una cuenta pendiente se tratase.

Lo realmente importante fue poder dejar la cuestión sentimental a un lado y poder disfrutar del álbum a diversos niveles, como la magnífica obra que fue, y como archivo documental de gran validez histórica. En relación al primer punto destacaba la vitalidad de Ebo a sus 74 años y su estado de gracia en la facturación de polirritmos enérgicos y laberínticos. Y a su vez, la fidelidad en el uso de la fusión del highlife, el funk y el jazz nos devolvía al big bang del género y a una Ghana (y una Nigeria que ciertamente mostró bastante más apertura de miras hacia influencias extranjeras como el funk) que musicalmente estaban en plena ebullición creativa.  

Curiosamente, la banda a la que confió su sonido, eran los berlineses Afrobeat Academy, que cumplieron su papel a rajatabla y sin salirse del guion de Taylor. Estudiando la improvisación, logran la furia energizante del polirritmo en “Nga Nga”, “African Woman” o “Love And Death”, captan el groove a la perfección con “Mizin” y mantienen la misma esencia del highlife en la instrumental “Kwame”

El álbum no solo le valió para situarse en el lugar que la historia le había negado, sino también para embarcarse en giras mundiales y volver a tener el mundo a sus pies, solo que esta vez hablamos del mundo entero.